NUESTRO MAL DE ESCUELA
Leer Mal de escuela para mí ha supuesto una lucha
con mi yo interior, sobre aquello que quiero y no quiero ser y hacer a partir
de ahora. En muchos aspectos ha abierto mi mente porque aunque no me sintiera
100% un "zoquete" si que me he sentido identificado con algunos
comportamientos que estos mostraban en algún caso, de cara al profesor. He
comprendido algunas de las formas de actuar que he tenido y ha tenido el
profesor a lo largo de mi educación escolar
en determinados momentos, y esto me ha hecho comprender que estuve
equivocado en un tiempo atrás y que lo importante en la educación no es obtener
un conocimiento presente, y vacío futuro, sino abrir y abrirte camino con el
conocimiento como compañero de viaje. El conocimiento, es como el amigo que te acompaña
a todos los lugares si te ganas su amistad, aquel que te demuestra cosas nuevas
cada día, una ventana por la que miras y por el que eliges tomar una decisión u
otra, en definitiva el que te ayuda a buscar tu lo, tu eso, tu ello, tu Yo
interior.
Esta novela me ha echo posicionarme en la piel del alumno
que fui y en la del profesor que seré comprendiendo que ningún integrante de
clase sobra, todos podemos aprender de todos, del profesor, del alumno golosina
e incluso el profesor puede aprender de un "zoquete".
En la mayoría de
los casos la ignorancia (del "zoquete") es algo superable. La
enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia. No sabemos por que no
queremos saber. Pero para superar esa
enfermedad llamada ignorancia, en ocasiones necesitas la manos de un o varios
salvadores. El salvador de la ignorancia es una persona que capta la atención
de cualquiera de una manera diferente a otros y que te ayuda a integrarte en el
conocimiento, de forma compleja quizás, pero efectiva. En definitiva el que te
ayuda a continuar volando para seguir a tu bandada de golondrinas.
Te darás cuenta de
la ignorancia del necio porque el saber y la razón hablan y la ignorancia y el
error gritan. Esta frase me recuerda a la fabula Jean de la Font aine que nombra Pena en el libro:
EL NIÑO Y EL MAESTRO DE LA ESCUELA
En esta
fabulita quiero haceros ver cuán
intempestivas son a veces las reconvenciones de
los necios.
Un Muchacho cayó al agua, jugando a la orilla del
Sena. Quiso Dios que creciese allí un sauce, cuyas
ramas fueron su salvación. Asido estaba a ellas,
cuando pasó un Maestro de escuela. Gritó el
Niño: “¡Socorro, que muero!” Aquel, oyendo los
gritos, se volvió hacia el niño y, muy grave y 28
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tieso, de esta manera le adoctrinó: “¿Habrase
visto pillete como él? Contemplad en qué apuro le
ha puesto su atolondramiento. ¡Encargaos
después de calaverillas como éste! ¡Cuán
desgraciados son los padres que tienen que cuidar
de tan malas crías! ¡Bien dignos son de lástima!” y
terminada la filípica, sacó al Muchacho a la orilla.
Alcanza esta crítica a muchos que no se lo
figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante, a
quien no siente bien el discursillo aquí expuesto y
de pedantes, censores y charlatanes, es larga la
familia. Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o
no venga al caso, no piensan en otra cosa que en
lucir su oratoria.
–Amigo mío, sácame del apuro y guarda para
El profesor de hoy debe estar preparado para el cara cara
con una clase de niños clientes. El alumno no es un hijo deseado como para que
se deshagan de gratitud los miembros del cuerpo docente. Las necesidades de
instruirse son difíciles de colmar pero hay que despertarlas. Dura tarea para
el profesor, este conflicto entre los deseos y las necesidades. Y dolorosa
perspectiva para el joven cliente tener que preocuparse por sus necesidades en
deprimento de sus deseos: vaciarse la cabeza para formarse el espíritu.
Desengancharse para conectarse al saber, tocar pseodibicuidad de las maquinas
por la universalidad de los conocimientos, olvidar los relucientes chirimbolos
para asimilar abstracciones invisibles. Y tener que pagar esos conocimientos
escolares cuando la satisfacción de los deseos, en cambio, no le compromete a
nada. Pues, paradoja de la enseñanza gratuita, la escuela de la Republica sigue
siendo hoy el ultimo lugar de la sociedad de mercado donde el niño cliente
tiene que pagar con su persona, ceder al toma y daca: Saber a cambio de
trabajo, conocimientos a cambio de esfuerzo, el acceso a la universalidad a
cambio del ejercicio solitario de la reflexión, una vaga promesa de porvenir a
cambio de una plena presencia escolar, eso es lo que la escuela le exige.
Pennac insiste que el mal estudiante hay que tratarle con
el debido cuidado, y que la solución quizás resida en los docentes, porque la
participación de los alumnos en la clase, el que se fijen en lo que se trata en
el aula, depende en última instancia del profesor, en la materia, materia
enquistada durante 50 min de clase.
Ante alumnos desganados, desmotivados, se tendrá que
comenzar a trabajar de forma diferente: “si buscas resultados distintos, no
hagas siempre lo mismo”. Ese es el gran problema de la escuela desde mi punto
de vista. La sociedad del hoy no es la misma que la de hace unos años, pero la
escuela continua siendo la misma, aunque ha comenzado ha cambiar, los
resultados nos muestran que hay algo que se hace mal. El profesor hace conducir
al alumno al conocimiento de la escuela, el buen profesor ha de superar su
pensamiento de no estar preparado, el aburrimiento de sus alumnos, ofreciendo
retos accesibles e interesantes a todo el grupo, no solo a unos pocos, desechar
el pensamiento de que el mal estudiante es el único responsable de su
incapacidad para aprender.
No hay que intentar formar médicos, abogados…si no
personas, con una visión crítica, con capacidad para decidir y afrontar el
proceso de toma de decisiones, personas competentes que sepan comunicarse y
ponerse en lugar de otros. Las circunstancias cambiantes a las que se encuentra
la escuela, hacen que la labor del profesor sea cuestionada.
Hemos perdido la cultura del esfuerzo, ahora no se
encontramos ante la cultura de la inmediatez. Todo tiene que ocurrir
rápidamente, encender el ordenador y que la conexión a internet sea inmediata,
que no falle, que sea rápido y los alumnos viven esto desde su nacimiento, pero
en su aterrizaje en las aulas se encuentran que se pide esfuerzo, trabajo y que
todo esto no es inmediato, sino que se necesita un tiempo, para que las ideas
maduren y que permanezcan para llegar a reproducirlas. Esto no es tan
divertido, no hay una recompensa inmediata, se cometen errores y el fracaso no
está bien visto, es preferible no intentarlo a arriesgarse a fracasar.
La idea de que es posible enseñar sin dificultades se
debe a una representación etérea del alumno. La prudencia pedagógica debería
representarnos al zoquete como alumno mas normal: el que justifica plenamente
la función de profesor puesto que debemos enseñárselo todo, comenzando por la
necesidad misma de aprender. Ahora bien, no es así. Desde la noche de los
tiempos escolares, el alumno que menos resistencia opone a la enseñanza, el que
nunca dudaría de nuestro saber y o pondría a prueba nuestra competencia, un
alumno conquistado de antemano, dotado de una comprensión inmediata, que nos
ahorraría la búsqueda de vías de acceso a su comprensión, un alumno
naturalmente habitado por la necesidad de aprender, que dejar de ser un chiquillo
turbulento o un adolescente problemático durante nuestra hora de clase, un
alumno convencido desde la cuna que es preciso contener los propios
apetitos y las propias emociones con el
ejercicio de la razón si no se quiere vivir en una jungla de depredadores, un
alumno seguro de que la vida intelectual es una fuente de placeres que pueden
variar hasta el infinito, refinarse extremadamente, cuando la mayoría de
nuestros restantes placeres están condenados a la monotonía de la repetición o
al desgaste del cuerpo, en resumen, un alumno que habría comprendido que el
saber es la única solución: solución para la esclavitud en la que nos mantendrá
la ignorancia y único consuelo paras nuestra ontológica soledad.